LAS BALAS QUE TODAVÍA HABLABAN

12 Agosto 2022

Las balas que todavía hablaban

Tenía catorce años cuando regresé a Nicaragua y, sin saberlo, estaba a punto de comprender una parte de mi historia que hasta entonces solo conocía a través de conversaciones familiares. No era la primera vez que viajaba al país de mi familia, pero sí la primera en que tenía una guitarra entre las manos y comenzaba a mirar lo que me rodeaba con los ojos de alguien que ya intentaba contar historias a través de canciones.

Poco antes de mi nacimiento, mi mamá decidió separarse de mi papá después de que él se negara a dejar el alcohol. Cuando descubrió que estaba embarazada, decidió regresar a Nicaragua tan pronto como yo naciera para estar cerca de su familia. Nací en Los Ángeles, California, y apenas treinta días después hice mi primer viaje a Nicaragua junto a ella.

Cuatro años más tarde regresaríamos definitivamente a Estados Unidos. En ese momento no podía imaginar que aquella decisión terminaría convirtiéndose en el origen de varias de las canciones que escribiría décadas después.

Volví a Nicaragua cuando tenía once años. Regresé nuevamente al año siguiente y permanecí allí durante aproximadamente tres meses mientras esperábamos que mi abuela se recuperara de una enfermedad para traerla de vuelta con nosotros a California. Sin embargo, fue el viaje que hice a los catorce años el que transformó mi manera de comprender la historia de mi familia.

Había comenzado a tocar la guitarra apenas un año antes y ya escribía mis primeras canciones. Durante ese viaje visitamos distintos lugares del país y hubo algo que empezó a llamar mi atención. En las paredes de edificios, negocios y casas todavía podían verse agujeros de bala, mientras otras construcciones permanecían destruidas o gravemente dañadas.

Mi mamá me explicó que algunas de aquellas estructuras seguían mostrando las heridas del terremoto que devastó Managua en 1972. Otras, sin embargo, conservaban marcas que solo podían haber sido dejadas por disparos y explosiones. Mientras recorría las calles, no dejaba de preguntarme qué historias se escondían detrás de cada una de esas cicatrices.

No recuerdo cuánto tiempo me quedé mirándolas. Lo que sí recuerdo es que, por primera vez, sentí la necesidad de preguntar qué había ocurrido para que tantos edificios continuaran llevando aquellas marcas tantos años después. Hasta entonces, la guerra había sido para mí una serie de relatos familiares; de pronto, sus consecuencias estaban frente a mis ojos.

Días después nos encontrábamos en Lechecuagos, una extensa comunidad rural a las afueras de León, donde una de mis tías, que es religiosa, se encontraba realizando su labor. Aquella tarde llovía intensamente y recuerdo que estaba sentado junto a una ventana, tocando mi guitarra mientras escuchaba caer la lluvia. Siempre me ha gustado ese sonido, así que disfrutaba el momento hasta que un trueno pareció caer tan cerca que decidí alejarme de la ventana y continuar tocando desde otro rincón de la casa.

Mientras seguía tocando, las imágenes de aquellos edificios atravesados por las balas no dejaban de volver a mi mente. Fue entonces cuando empecé a hacer preguntas sobre la guerra, sobre mi familia y sobre las historias ocultas detrás de aquellas paredes. Las respuestas fueron mucho más dolorosas de lo que imaginaba.

Me contaron sobre uno de mis tíos, que todavía era adolescente cuando fue detenido por el gobierno de Somoza. En aquellos años, los militares se llevaban a jóvenes que veían reunidos en las calles porque los consideraban posibles colaboradores de los sandinistas. Mi tío desapareció y mi familia nunca volvió a verlo ni recibió información sobre su paradero.

Otro de mis tíos era el hijo mayor de mi abuela, tenía treinta y seis años y era padre de seis hijos. Un día salió a comprar carne para su familia porque no quería enviar a su hijo mayor, que también era adolescente y corría el riesgo de ser detenido. Al final, fue mi tío quien nunca volvió a casa.

Durante meses, la familia no supo qué había ocurrido. Finalmente, mi abuela recibió una llamada anónima de alguien que aseguraba haber presenciado su ejecución y que pudo señalar el lugar donde se encontraban sus restos. Lograron confirmar su identidad mediante los registros dentales y un anillo de oro que llevaba grabadas sus iniciales; lo demás era prácticamente polvo y huesos.

Mi mamá también me habló de las semanas que pasó escondida debajo de una mesa mientras afuera caían bombas y se escuchaban disparos. Ella y su familia permanecieron allí durante casi dos semanas, levantándose únicamente para ir al baño. No podían cocinar y apenas podían comer; durante esos días, sobrevivir era la única prioridad.

Durante mucho tiempo podría haberse pensado que todo mejoraría cuando terminara la dictadura de Somoza. Sin embargo, para mi familia la violencia no terminó; simplemente cambió de manos. Un gobierno terrible fue sustituido por otro, y una nueva guerra comenzó poco después.

Un primo muy cercano a mi mamá, a quien consideraba más como un hermano porque mi abuela había ayudado a criarlo, fue reclutado por el gobierno sandinista para combatir a los Contras. La primera vez que se lo llevaron consiguió regresar con vida. La segunda vez no volvió.

Comprendí entonces que las guerras rara vez terminan cuando dejan de escucharse los disparos. A veces cambian de nombre, de uniforme o de bandera, pero quienes siguen cargando con sus consecuencias suelen ser las mismas familias. Las ausencias no desaparecen cuando se firma la paz y las preguntas no siempre encuentran respuesta cuando termina un conflicto.

Mientras escuchaba aquellas historias, seguía pensando en los agujeros de bala que había visto durante el viaje y en las paredes que continuaban contando lo ocurrido. No escribí Guerra esa misma tarde en Lechecuagos, pero fue allí, con la lluvia cayendo y la guitarra entre mis manos, donde comenzó a formarse la idea que años después se convertiría en la canción.

Quería hablar del dolor que permanece cuando los titulares dejan de mencionar una guerra. Quería contar lo que ocurre con las familias que continúan viviendo con las ausencias, los silencios y los recuerdos de quienes nunca regresaron. Más que describir un enfrentamiento político, quería expresar el costo humano que dejan todos los conflictos.

Años después, cuando el mundo presenció la invasión de Rusia a Ucrania, aquellas conversaciones regresaron inmediatamente a mi memoria. Los países, los gobiernos y las circunstancias eran distintos, pero las imágenes de familias separadas, personas desplazadas y jóvenes enviados a combatir seguían siendo dolorosamente familiares.

Por eso Guerra no pretende defender una ideología ni convertir el sufrimiento de mi familia en un argumento político. Nació del rechazo a una realidad en la que personas que solo desean vivir en paz terminan pagando el precio de decisiones tomadas por otros. Cada vez que canto el coro siento que esas palabras pertenecen a muchas más familias que la mía:

Esta guerra nos duele
Nos mata
La odio

Con el paso de los años entendí que aquellas balas no solo dejaron agujeros en los edificios. También dejaron silencios, ausencias y heridas que continuaron hablando décadas después de haber sido disparadas. Parte de mi familia emigró, otros nunca regresaron y quienes sobrevivieron llevaron esas historias consigo a dondequiera que fueron.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que escribí Guerra. No para revivir el pasado, sino para darles voz a esas historias que siguen viviendo en quienes sobrevivieron para contarlas. Porque algunas balas dejan de escucharse el mismo día en que son disparadas, pero otras siguen hablando durante generaciones.

Fin del relato.

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