LO QUE NO EXISTE ES LO IMPOSIBLE

20 Noviembre, 2020

Lo que no existe es lo imposible

Durante mucho tiempo pensé que la palabra “imposible” decía más sobre nuestros miedos que sobre la realidad. La escuchamos desde pequeños. Aparece cuando alguien habla de un sueño demasiado grande, de una meta demasiado ambiciosa o de un camino que parece reservado para otras personas. Con los años, descubrí que muchas veces lo imposible no está frente a nosotros; está en la historia que nos contamos antes siquiera de intentarlo.

Esa fue la idea que dio origen a Imposible. Quería escribir una canción para todas esas personas que persiguen un sueño y que, además del desafío que tienen enfrente, también deben enfrentarse a las voces que les dicen que nunca lo lograrán. A veces esas voces vienen de otras personas. Otras veces, terminan convirtiéndose en nuestra propia voz.

Cuando escribí la letra sabía que muchos la interpretarían como una historia de amor, y eso fue exactamente lo que ocurrió. Al compartir las primeras maquetas con algunos amigos, todos pensaron que hablaba de una mujer. Si les hubiera dicho que esa era la intención, seguramente me habrían creído sin dudarlo.

Siempre me ha gustado esa capacidad que tienen las canciones para encontrar un significado diferente en cada persona. La protagonista de Imposible nunca fue alguien en particular. En realidad, representa cualquier sueño que deseamos alcanzar con tanta intensidad que, por momentos, parece estar fuera de nuestro alcance. Para algunos será una persona. Para otros, una profesión, un proyecto o una vida distinta. Ninguna de esas interpretaciones está equivocada.

Con el tiempo comprendí que creer en un sueño no significa ignorar la realidad. Tampoco consiste en esperar que las cosas sucedan por arte de magia. Para mí, creer que algo es posible significa estar dispuesto a trabajar, equivocarse, volver a empezar y seguir avanzando incluso cuando el resultado todavía parece lejano.

La historia está llena de personas que escucharon que aquello que perseguían era imposible. Durante años se creyó que ningún ser humano podría correr una milla en menos de cuatro minutos, hasta que Roger Bannister rompió esa barrera en 1954. Lo mismo ocurrió con los hermanos Wright, quienes demostraron que el vuelo controlado no era una fantasía, sino una posibilidad que esperaba a alguien dispuesto a intentarlo.

Siempre me han inspirado ese tipo de historias, no porque sus protagonistas fueran extraordinarios, sino porque decidieron actuar cuando la mayoría estaba convencida de que no tenía sentido hacerlo. Al final, muchas veces la diferencia entre quienes alcanzan una meta y quienes nunca lo intentan no está en el talento, sino en la decisión de seguir adelante cuando todo parece indicar lo contrario.

También recuerdo una frase de Thomas Edison que siempre me hizo reflexionar. Cuando un periodista le preguntó cómo se sentía después de haber fracasado cientos de veces intentando crear la bombilla, respondió que no había fracasado; simplemente había descubierto cientos de maneras que no funcionaban. Me gusta esa idea porque cambia por completo la forma de entender el fracaso. En lugar de verlo como el final del camino, lo convierte en parte del proceso.

Con el paso de los años he descubierto que las personas más pesimistas rara vez llegan muy lejos. No necesariamente porque les falte talento o capacidad, sino porque muchas veces se convencen de que intentar no vale la pena. El miedo al fracaso termina deteniéndolas antes de dar el primer paso. En cambio, quienes aceptan que equivocarse también forma parte del aprendizaje suelen encontrar oportunidades donde otros solo ven obstáculos.

Quizá por eso Imposible terminó ocupando el primer lugar dentro de Lo Que No Existe. Hoy siento que no podía comenzar el álbum de otra manera. Antes de hablar sobre nuestros recuerdos, nuestras heridas o las historias que construimos en nuestra mente, primero necesitaba enfrentar la más grande de todas: la idea de que hay sueños destinados a no cumplirse.

Con el tiempo entendí que muchas veces lo imposible no desaparece cuando cambian nuestras circunstancias. Desaparece cuando dejamos de creer en la historia que nos decía que nunca podríamos lograrlo. Y quizá esa sea la mayor ironía de todas: que, al final, muchas de las cosas que llamamos imposibles nunca existieron fuera de nuestra propia imaginación.

Fin del relato.

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