Por Diego Marr
11 Septiembre, 2020
Caminando con Víctor Jara
Hay artistas que descubrimos por casualidad y otros que llegan para quedarse. En mi caso, Víctor Jara apareció en un momento en el que estaba comenzando mi carrera como solista y terminó convirtiéndose en uno de esos músicos que cambian la manera en que uno entiende el verdadero poder de una canción.
Todo comenzó una noche de verano de 2016. Acababa de bajar del escenario después de tocar con Dioses del Tiempo en el Whisky a Go Go de Hollywood cuando un fotógrafo chileno llamado Antonio Gamboa se acercó para felicitarme por el concierto. Conversamos unos minutos, intercambiamos información y seguimos en contacto después de aquella noche.
Con el paso de los meses le conté que estaba preparando mi proyecto como solista y que una de mis ideas era grabar una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez. Antonio escuchó con atención y me hizo una pregunta muy sencilla: “¿Y por qué no grabas también una canción de Víctor Jara?”. Debo admitir que, en ese momento, conocía muy poco sobre él.
Antonio comenzó a contarme quién había sido Víctor Jara y por qué era una figura tan importante para Chile. Me habló de su música, de su trabajo como poeta, director de teatro y profesor, pero sobre todo de la manera en que había sido asesinado después del golpe militar de 1973. Mientras más escuchaba, más curiosidad sentía por conocer su historia.
Esa misma curiosidad me llevó a investigar por mi cuenta. Descubrí que muchos lo consideran una de las voces más importantes de la música latinoamericana y que sus canciones trascendieron generaciones por hablar de justicia, esperanza y dignidad. Pero hubo algo que me impactó todavía más que su obra: la forma en que terminó su vida.
Víctor fue detenido pocos días después del golpe de Estado y trasladado, junto con miles de personas, al entonces Estadio Chile. Ahí fue brutalmente torturado antes de ser asesinado. Saber que le fracturaron las manos, precisamente las manos con las que había escrito y tocado tantas canciones, fue un detalle que nunca pude sacar de mi cabeza.
Mientras leía sobre aquellos acontecimientos no podía evitar pensar en mi propia familia. Crecí escuchando las historias que mis tíos contaban sobre la revolución en Nicaragua y sobre familiares que nunca regresaron. Uno de mis tíos desapareció durante ese conflicto y esa fue una de las razones por las que mi familia terminó emigrando a Estados Unidos.
Aunque ocurrieron en países distintos, encontré un punto en común entre ambas historias. Las dos hablaban de familias separadas por la violencia y de personas cuyo recuerdo sigue vivo gracias a quienes decidieron contar su historia. Comprendí entonces que las canciones también pueden convertirse en una forma de preservar la memoria.
También descubrí que la influencia de Víctor Jara continúa hasta nuestros días. Bruce Springsteen interpretó “Manifiesto” en Santiago durante el aniversario del golpe militar, U2 lo recordó en “One Tree Hill” y Los Fabulosos Cadillacs hicieron referencia a él en “Matador”. Su legado había cruzado fronteras y seguía inspirando a artistas de distintas generaciones.
Cuando decidí grabar una de sus canciones escuché toda su discografía. Quería encontrar aquella que conectara de una manera especial conmigo y, después de recorrer cada álbum, la elegida fue “Caminando, Caminando”. Me conquistó por la sencillez de su letra y porque, a pesar de haber sido escrita en 1970, seguía sintiéndose increíblemente actual.
Desde el principio tuve claro que no quería hacer una copia de la versión original. Mi intención era rendir homenaje a Víctor Jara, pero llevando la canción a un sonido que también representara mi identidad como músico. Por esa razón decidimos darle un ritmo reggae inspirado, en parte, por una de mis mayores influencias como baterista: Stewart Copeland y The Police.
Durante la preproducción también exploramos una segunda versión junto a Efraín Bárcena. Su propuesta era un poco más lenta y ofrecía otra perspectiva sobre la canción. Aunque finalmente elegimos la versión original, aquella grabación quedó guardada y espero algún día poder compartirla también.
Con el paso del tiempo entendí que esta canción ocupaba un lugar distinto dentro de mi catálogo de tributos. Cuando interpreto música de Camilo Sesto pienso en mi infancia y en mi madre escuchando sus discos mientras preparaba la comida. Cuando canto a Silvio Rodríguez recuerdo el casete que mi primo Noel Salazar me regaló cuando apenas comenzaba a tocar la guitarra y escribir mis primeras canciones.
“Caminando, Caminando”, en cambio, representa algo diferente. No la grabé únicamente porque me gustara la canción, sino porque quería que más personas descubrieran la vida y la obra de quien la escribió. Cada vez que alguien me pregunta por qué decidí hacer este tributo y termina conociendo la historia de Víctor Jara, siento que la canción ha cumplido una parte de su propósito.
Al final, eso es lo que más me emociona de la música. A veces una canción no solo sirve para acompañarnos; también puede abrir la puerta hacia una historia que merece seguir siendo contada. Y mientras existan personas dispuestas a escucharla, de alguna manera, Víctor Jara seguirá caminando entre nosotros.
Fin del relato.
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